"Ejercen así la dulce pasividad..." (es opinión)
Una vaca Opinión en INFORMACIÓN
MARÍA TERESA MOLARES
El pueblo despereza sueños antiguos y modernos acunado por los brazos del río. La historia le ha proporcionado sólidos valores que se manifiestan en sus murallas, sus castillos, sus almenas. Sus habitantes multiplicaron riquezas agrícolas y ganaderas con las que comerciar en el entorno e incluso llegaron a ultramar. Vinos, quesos, leche, maíz, centeno sirvieron de moneda en los intercambios para conseguir el azúcar, la almendra, el café, el cacao. La arquitectura de sus edificios es modesta pero elocuente. Habla de confort y faena, de convivencia y conflictos, de la vida, amores y desamores, riqueza y pobreza, crecimiento y también miseria.
Los años del franquismo, silencio impuesto desde el principio y prolongado durante décadas, estuvieron plagados de enriquecimiento acelerado, contrabando, caciquismo. Pero se mantuvo la múltiple y compleja actividad que alimentó la vida. Mandaron los de siempre. La llegada de la democracia se vivió como un suceso más de los que advienen sin más remedio. Durante treinta años se han repetido las costumbres políticas del lugar. El mismo candidato gana elecciones convocatoria tras convocatoria, bajo todas las siglas del jardín partidario, sin contrincante visible. Preside la Alcaldía cercano ya a la dorada jubilación. Pero el pueblo ha cambiado. El maíz ha dejado de cultivarse, las vacas han desaparecido («sólo queda una vaca» decía el primer edil), el contrabando ya no procede en este mundo de comercio universal desregulado. La pobre y solitaria vaca no consigue consumir todos los vegetales del bajo monte, alimento del fuego, que se convierte así en presa fácil de la especulación inmobiliaria (si no se puede explotar habrá que construir). Los nuevos cultivos, ladrillo y cemento como fuente «inagotable» de riqueza, proliferan mucho más que la población censada, estabilizada entre los ocho mil y los diez mil habitantes. El señuelo de un parque industrial, de un espacio para el almacenamiento portuario a 30 kilómetros del puerto, de instalaciones logísticas, actúa con éxito y pone en marcha estas nuevas «lavadoras europeas» en las que se recicla el dinero criminalmente conseguido. Aún les queda el río, perforado por la extracción de piedra, pero vivo por el inmenso caudal con que todavía consigue llegar al punto de su desembocadura. Es la Galicia rural, que no debe confundirse con agrícola aunque aún queden restos de ella.
En el «Levante feliz», despensa y huerta de la alimentación ¡mediterránea!, también desaparecen los cultivos agrícolas. Al comienzo de este proceso destructor a principios de los setenta, pudo verse en Valencia a un agricultor que cultivaba su huerto rodeado de elevadas construcciones ante las que no se rindió. Quién sabe dónde están ahora su campo y él. Por eso es difícil sorprenderse ante las denuncias por las construcciones ilegales de la Vega Baja del Segura, ya sea en El Hondo o en otros terrenos agrícolas en los que se han mezclado los cultivos antiguos y las nuevas producciones humanas labradas con la sangre y el sudor de indígenas e inmigrados. La juventud lugareña asiste con naturalidad a estos desmanes que conoce muy bien y ante los que no sabe cómo actuar. Anticipadamente envejecidos confiesan que todos están «pringaos» y que nada se puede hacer. Ejercen así la dulce pasividad que han aprendido de la contemplación televisiva, de la pura democracia representativa, del aislamiento pedagógico a distancia y en silencio, característicos del creciente negocio de la educación, en que han crecido.
Quienes aún pueden estremecerse ante la gravedad de estos sucesos, ancianos difícilmente envejecidos, se preguntan con asombro por el futuro de los individuos y de la especie. Se empeñan en actuar, con mejor o peor acierto para evitar un futuro en el que ya no vivirán y en el que la vida debe prevalecer en las mejores condiciones para la especie humana y para todas las especies.
A los alcaldes presentes y futuros, a sus concejales, a sus votantes ocasionales, a los más fieles, de Catral, de Rojales, Almoradí, Pego, Castalla, Alicante... habría que someterlos, someternos, al «duro» trabajo de pensar, a la consecuente necesidad de actuar para frenar el deterioro físico de nuestro entorno, para recuperar la salud moral de la sociedad valenciana, para devolvernos el valor de la política como tarea permanente y universal. A lo mejor así se consigue compañía para la vaca, se produce la multiplicación de las lechugas, y desaparecen las construcciones destructoras para nunca más volver.
Así lo espero, desde la izquierda con amor.
María Teresa Molares es profesora de la Universidad de Alicante. Ex portavoz de EU en el Ayuntamiento de Alicante.

jaimenativo dijo
Comparto plenamente las reflexiones de esta señora. Estamos ante un futuro incierto al que ya nos estamos acostumbrando. Tenemos lo que nos hemos merecido, aunque en el fondo pienso que en algún rincón de nuestra alma se puede estar cociendo una dramática solución.
5 Octubre 2006 | 12:30 PM