FRANCISCO ESQUIVEL INFORMACIÓN
Acceder hacia Guadalest vía Chirles, mirar al frente y admirar el cemento que se ha levantado en laderas creadas para deleitarse produce un vuelco a los que, como yo, tienen parte del corazón prendido de por vida entre aquellos parajes. Con tal de ahorrar sufrimiento planeo con un grupo de amigos dar la vuelta al mapa y atisbar el valle por otro lado. Así llegamos a Benasau, un municipio que en el mejor de los casos cuenta con doscientos vecinos, y cuyos balcones están cubiertos en su mayoría con sábanas portadoras de exclamaciones contra la realización de un proyecto ya aprobado de macrourbanización que contempla la construcción de mil trescientos chalés, que se dice pronto. Si no me falla la memoria, un teniente alcalde anterior arrojó la toalla ante la oposición que encontró al ocurrírsele plantear algo mucho más liviano. Abanderados de aquel movimiento son los portadores de la buena nueva inmobiliaria que ahora se cierne sobre el pueblo y la alcaldesa, que acaba de ser repudiada por el Bloc, ha encontrado acomodo inmediato como candidata de una de las dos grandes formaciones que construyen el engrandecimiento -nunca mejor dicho- de este país. El esfuerzo ímprobo de unos y de otros por estimular el vivero abstencionista no tiene límites. De modo que optamos por alejarnos del mundanal ruido y, según el plan previsto, coger el camino de uno de los picos de La Serrella que era el objetivo a alcanzar. El caso es que, cuando bajamos de los coches, el vendaval en el collao no nos arrastró de puro milagro. Miedo daba. Alguno que otro se refugió y, con gran dosis de sensatez, dijo hasta aquí hemos llegado. De un día para otro, la furia se había desatado. No es por nada pero ¡la madre que parió a la naturaleza! Ni que fuera huma na.
Escribe un comentario